RecordingSour

Periodismo y pisco sour desde la Patagonia recóndita

Opiniones

Cuadro de texto: Más opiniones
Cuadro de texto: Sobrevivir a la Matrix
Cuadro de texto: Juega hermoso, y gana

Despertad

Cuadro de texto: El verbo de los borrachos

Arturo no se anda con chiquitas. Lo que tiene para decir lo dice sin pelos en la lengua. Sin excusas. Una actividad que le ha acarreado mala fama entre la sociedad siempre algo susceptible que componen los escritores. Arturo no pertenece a ese club. No le interesa. No lo necesita. Se ha construido una extraña posición entre aquellos que se dedican al arte de las palabras: lo odian los autores más tradicionales porque secretamente aborrecen su éxito y la facilidad con que arremete contra los triunfalismos del pasado, los estereotipos, las vacas sagradas de los juegos estéticos. Sin embargo, tampoco se podría decir que las nuevas generaciones lo aman. Es más, se diría que para muchos jóvenes Arturo ocupa el típico lugar del best seller. Tal vez no le perdonan su elegancia, su inteligencia a toda prueba, su visión de negocio y su pasión por ciertos lujos propios de hombres acaudalados. Como a Umberto Eco, otro señor de placeres con varios ceros, ama los libros y los colecciona. Cuentan que en su hogar, un templo de la sabiduría, se acumulan decenas de miles de tomos, muchos de ellos incunables, valiosos al extremo, obsesión de los mayores coleccionistas del planeta. Como a Onassis le gustan los barcos y cada tanto viaja a lo ancho y largo del planeta en un velero propio de considerables dimensiones. Arturo disfruta de varios paroxismos: como el de tener talento y éxito fuera de toda discusión, y, - ¡oh, camaradas en la humildad!- tiempo para gastar ambos a manos llenas. Uno, amante seguidor de sus tropelías, no tiene derecho de ver a Arturo como a un magnate sino más bien como un a ser humano especial en épocas de grandes consumos y discusiones vizantinas acerca de si los artistas merecen o no la riqueza y la gloria. Arturo tiene 30 mil libros en casa, si, pero los mismos zapatotes que llevó a tantas y tantas guerras.

Antes que escritor Arturo es un hombre. Y un hombre que lo ha visto todo. Sus dos décadas cubriendo episodios bélicos no pasaron en vano sobre su piel.

Su arte es eléctrico, intenso y sumamente divertido. Arturo no soporta la grandilocuencia, los salames solemnes, como ha denominado Fernando Savater a quienes resumen la cultura en la imagen de un hombre de frac agarrado a una vela.

El arte de este novelista de largo aliento, capaz fulminar con el verbo y la mirada aquello que no soporta, le huye igual que al demonio al más indigno de los pecados que puede cometer un escritor: aburrir a sus lectores.

Arturo Pérez Reverte

El rey Arturo