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Cuadro de texto: Cine
Cuadro de texto: Ultimo tango en París
Sin nombres
Cuadro de texto: Del hombre más hombre de aquellos años, los demás hombres no esperaban una confesión como esa. Son cosas que los machos hacen pero que por ningún motivo se comentan más allá de la frontera del cuarto de la amante. La sola idea de que una perfecta desconocida, pequeñuela de pelo rizado y los pechos firmes, penetrara a Marlon Brando, con los dedos untados de mantequilla, ya resultaba descabellada. No importaba cuanto se hubiera avanzado desde los 70 en adelante. Fulminar de tal manera el mito masculino merecería el oprobio. ¡Los padres de familia no hacen tal cosas y si lo hacen, pues, que no se diga! Brando lo hizo para estupefacción de un cuarto de la humanidad, encima de todo, gozó. No sin antes llorar y arrodillarse cual príncipe de novela romántica caído en desgracia a los pies de una piba más loca que una cabra. 
La de los dedos en mantequilla es una de las escenas más clásicas, comentadas y analizadas del cine erótico. Tanto o más que las piernas cruzadas de Sharon Stone en “Bajos instintos” o la violación con orgasmo final de “Perros de paja”. 
Brando se mostró en “El último tango en París”, tan vulnerable como suelen sentirse los enamorados. Sólo que en su caso llevó las cosas a un territorio donde lo implícito y lo patético tienden a portar las mismas insignias.
Sólo la pasión desatada puede alcanzar un rango de locura. Recordemos la escena que prácticamente abre el filme de Bernardo Bertolucci: Paul, el personaje de Brando, grita su desesperación bajo el estruendo de un puente ferroviario. Con esta imagen alcanza para comprender que su destino es trágico. 
El encuentro con la chica francesa, Jeanne (María Schneider) en un departamento desocupado es sorpresivo tanto para los espectadores como para los propios personajes. El anonimato transmuta primero en violación y luego en algo más dulce entre forcejeos y de gemidos. “En esta casa no hay nadie, tu no tienes nombre, yo no tengo nombre”, le dice, le exige Paul a su compañera. Después los encuentros se vuelven un refugio para el amor, una necesidad vital. 
Bertolucci no volverá sobre el tema erótico sino hasta muchos años después con “Los soñadores”, pero es seguro que el director de “El último emperador” supo al momento de terminar de rodar “El último tango en París” que había tocado cuerdas muy sensibles en la sociedad de su tiempo. Había caminado por el borde del abismo mirando hacia abajo. 
“Los soñadores” se evidenció sonsa en comparación su más emblemática película. El espíritu polémico todavía esta ahí, a la saga, pero esta vez no alcanzó la relación incestuosa entre hermanos (que no era tal y que debió serla ya que Bertolucci la planteó como uno de tópicos “morales” del filme), ni el vinculo de los pibes con las ideas de su época ni su contrapunto con unos padres tan permisivos que parecen indiferentes. No, no bastó porque más allá de donde Brando puso el pie es difícil sino imposible caminar. Después de su dramática interpretación queda el vacío o el porno.
“El último tango en París” es una de las mejores películas eróticas de la historia, y una de los más tristes encuentros amorosos, sobretodo porque contaba para su desarrollo con el más grande actor de todos los tiempos. La personalidad de Brando le dio sentido al personaje de Paul, le dio un plus vida, un relato posible antes de que el drama se desatara. 
La obra de Bertolucci induce a brutales preguntas mientras apunta en secreto respuestas que nos dejan incómodos. ¿Qué es el amor? ¿Qué es el sexo? ¿Qué sentido tiene la vida sin amor y sin sexo? ¿Vivimos para el sexo? Y la lista podría extenderse. Cada cual sabrá encontrar las claves de los enigmas en el cuarto donde todos están desnudos y carecen de nombre. 
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