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RecordingSour |
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La belleza brutal de Mónica Bellucci me hace pensar en palabras como blasfemo, sacrílego, endemoniado, obsceno. Será porque todo paroxismo necesita de su pequeño sacerdote penitente, de su libro sagrado en la memoria del super yo que nos revele que desear tanto, hasta lo impensable, está condenadamente mal. Sin embargo, no pienso en aquellas palabras con ánimo religioso o con los ojos henchidos de hogueras inquisitorias. No, todo lo contrario, yo me dejo llevar por el rostro misterioso de Mónica, me permito ser un esclavo voluntario y voluntarioso de su perfección, me pierdo en un perfume que la lejanía me impide conocer de modo que lo recreo onza por onza, hasta que finalmente olvido que soy un hombre, un espejismo. Mónica Bellucci representa muchas cosas como símbolo sexual de una época en que a las divas del cine se las quiere carnosas pero flacas, brillantes pero tontas, comprometidas pero frívolas, jóvenes pero maduras. Y de todas las convulsiones que su figura provoca en el ratoneo colectivo, lo que más importa es que ha heredado, de un pasado de oro, la luminosa llama de las grandes actrices italianas. Como una reencarnación de Sofía Loren, Claudia Cardinale y Gina Lollobrigida, Bellucci ha ocupado la pantalla de un modo en que sólo las musas del cine lo saben hacer. Cuando una de ellas abre la puerta, la escena se detiene y el cine alcanza su esplendor. Pintura, escultura, fotografía y genialidad en movimiento. Incluso se ha permitido ir más allá puesto que sus ganas de probar el sabor del peligro no tienen límites específicos. Mónica nació para gustar y confundir. Por eso fue monja y prostituta, María Magdalena y bruja, niña inocente y mujer violada, perfecta construcción virtual de un programa de la Matrix y novia desnuda de un viejo y reumático Conde Drácula. Mónica Bellucci es Eva tentando a Adán. |
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Mónica Bellucci Belleza obscena |





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