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Cuadro de texto: Hace ya un tiempo encontré este sobresaliente artículo en el diario inglés "The Guardian". Le pertenece a John Patterson, un crítico increíble, erutido y además divertido. La traducción es mía (sorry, John). Espero que lo disfruten. Sobretodo si alguna vez admiraron a este chico que una vez fue comparado con Marlon Brando.

John Patterson
En 1982, “Diner” de Barry Levinson presentó al mundo una nueva generación de actores. Desde entonces han dejado una marca indeleble. Timothy Daly se transformó en la estrella de “Wings” que lo volvió un hombre rico, y más tarde interpretó a David Koresh en una estupenda película para televisión sobre “Waco”. Paul Reiser fue la estrella de “Mad About You”, uno de los más queridos shows televisivos en los 90, y escribió best seller acerca de las relaciones de pareja y la paternidad. Daniel Stern hizo películas a lo largo de los 80 y 90, incluyendo la saga de “Home Alone”, y ahora trabaja como director de televisión. Steve Guttenberg protagonizó la interminable serie “Academia de Policía” y dio el batacazo con “Cocoon” antes de desaparecer en la oscuridad de su fortuna, mientras que Kevin Bacon y Elle Barkin llegaron a ser dos de los mejores actores de carácter de su generación.
No es una mal record para un grupo que no esperaba hacer negocios serios pero que convirtió en un clásico. ¿Pero que fue de aquel miembro del elenco llamado “el chico más adorable”, la única persona en la pantalla que estaba de camino a ser una superestrella?. Ah sí. Ese sería Mickey Rourke.
Después de “Diner”, Rourke tenía el mundo a sus pies. Hermosas mujeres le arrojaban en masa su ropa interior, cautivadas por su combinación de exterior físicamente fuerte y herido, y sus casi femeninas maneras que pedían a gritos “¡sostenme!”. Los hombres, mientras tanto, sólo deseaban ser como él, especialmente a la hora de ir a la cama.
Lo que Mickey quería era mucho más difícil de medir, y en la siguiente década lo consiguió, su vaso se derramó, en la forma de una carrera y elecciones matrimoniales desastrosas; una lluvia de golpes cayó sobre su mudo y angelical rostro, arruinado para siempre durante su corta y calamitosa carrera como boxeador profesional; en la forma de imprudentes intervenciones a manos de cirujanos plásticos, a cuyos servicios Rourke fue aparentemente adicto por muchos años, y quienes vandalizaron aquellas partes de su cara que los pugilistas habían olvidado echar a perder; y según todo indica en la forma de un extremo odio y duda acerca de sí mismo que diezmaron su habilidad para tomarse a él o a su trabajo seriamente.
Pruebe al antes y después del test. Aquí está Rourke en una de sus dos indelebles escenas en “Body Heat”. Tiene la famosa sonrisa, los labios apretados, los limpios rasgos faciales, la ligera apariencia de ardilla en las mejillas, el cuerpo atonado en una ajustada remera, indudable gracia física y expresivo lenguaje corporal, y la voz, ligeramente alta y aflautada, pero también ronca y segura. Es una combinación de atributos, junto a la presencia de Rourke en la pantalla y su indiscutible corte como actor, por los que la mayoría de los actores de entonces u hoy en día matarían. El simplemente lo tenía todo.
Y ahora: el rostro está hinchado y inexpresivo después de tantas intervenciones cosméticas y despiadadas palizas. Los labios están inflados, la frente ha perdido toda habilidad para flexionarse, la boca quedó atascada en una posición, los ojos marrones tienen algo de Joan Crawford sobre ellos (y quiero decir las viejas bolsas de Joan, no la prístina versión de 1935), la epidermis ha sido moteada y chamuscada por su asidua devoción a los salones de bronceado. El ahora luce como un bife de vacuno con forma humana, mojado y rosado. Se ve como la mierda.
Y el trabajo, aunque no se ha secado completamente, es de una de magnitud diferente a los roles que lo hicieron primero famoso, después infame, luego inempleable, y finalmente un hombre quebrado. Hubo un tiempo en que trabajó con Coppola y Cimino, Levinson, Cool Hand Luke´s Steward Rosemberg y Nicholas Roeg, pero su idílica y temprana carrera terminó apenas una media década antes de que gastara otros diez años en su lento descenso hacia el fondo. Como Robert “Boggie” Sheftel en “Diner”, Motorcycle Boy en “Rumble Fish”, y Charlie en la sobrevalorada “Pope of Greenwich Village” –todas con tres años de diferencia entre una y otra- y en casos aislados como “Angel Heart”, “A Prayer For The Dying”, “Bartly” e incluso “Johnny Handsome”, él entregó grandes escenas que sugerían que su talento todavía permanecía ahí.
Pero el gusano estaba en la manzana desde el tiempo en que hizo esa odiosa torta de queso de “91/2 Weeks”, donde él provoca y por lo demás abusa de la desafortunada Kim Bassinger en un alarmante anticipo de sus propios fuegos de artificio matrimoniales con la aproblemada modelo-adicta Carre Otis.
Desafortunadamente, los titulares que él acumuló sobre sí los siguientes diez años sugieren muy claramente que “91/2 weeks” ofreció a Rourke algún tipo de lección acerca de cómo tratar, o mejor dicho golpear, mujeres fuera de la pantalla. Esos fueron sus años salvajes. Para entenderlos hay que enfrentar ciertos hechos acerca de Rourke. Primero, él no es muy brillante. Esto es sólo un hecho, no un insulto: algunos intuitivos actores naturales son así de listos después de todo. La mayoría de ellos trabaja con un tipo de instintos que pueden ser preparados, pero no enseñados, en una escuela de actuación. La parte actoral no es una gran rama, son todas las materias alrededor de la actuación las que resultan duras para tipos como Rourke: los agentes, las decisiones vinculadas a la carrera, las elecciones sobre sus compañías o sus actividades nocturnas, la conducta apropiada a adoptar en la presencia de la prensa y los paparazzi, y cosas por el estilo. Mickey falló en todos estos test, y lo hizo bajo la severa luz pública, haciendo líos en clubes nocturnos, llevando con él sus muchos chihuahuas, su inapropiada lista de amigos, que incluyó a Tupac Shakur, y al encarcelado jefe mafioso John Gotti (a cuyo juicio Rourke asistió), y cualquier cantidad de matones callejeros y Angeles del Infierno. Le dio una paliza a Otis y fue arrestado. Hizo películas que deberían haberle hecho ganar más noches en el tanque de los borrachos. Entonces se hizo boxeador.
Esto nos conduce a otro hecho obvio sobre Rourke: él viene de abajo, de las calles, y los “macho” valores que aprendió durante esos años, y una insegura, pobre y afligida infancia en los barrios pobres de Miami no combinaron bien con los esencialmente femeninos atributos -sensibilidad, suavidad- que le sirven como actor. Esta lucha entre la escuela de la calle, virilidad y femeneidad actoral es el núcleo del encanto de Rourke en la pantalla; es también el origen de todo el conflicto y la confusión de su vida privada. Tal vez nunca fue competente para encontrar el balance entre ambos. En el tiempo en que se transformó en boxeador profesional -y era lo suficientemente famoso entonces como para que los boxeadores reales hicieran fila para golpearle efectivamente su rostro- despreciaba la actuación como una “profesión para mujeres” y había comenzado a creerse sus propios comunicados de prensa y a la gente que vivía de él (tipos que le robaron y lo dejaron en la banca rota). Tomó cuatro nudillos quebrados, dos costillas rotas, un dedo del pie roto, la lengua partida y la nariz abollada (además de un humillante TKO en un primer round haciendo guantes con un antiguo campeón peso mediano) antes de que lo dejara. Como dijo el hombre en “Raging Bull”, “el ya no es mas bonito”.
Qué nos trae ahora. Después de que sus fantasías de boxeador se frustraron, Rourke volvió a Hollywood quebrado, luciendo como un hombre en el medio de una depresión nerviosa o con media vida quemada. Perdió su casa y su manager le confiscó sus tarjetas de crédito. Alguien aseguró que había tratado de suicidarse. Dio con el fondo, pero rebotó, al menos un poco.
Y ahora es un actor de carácter, pagando sus derechos otra vez, viviendo tranquilamente y solo, y trabajando con los violadores para mantener su miriada de demonios a raya. Los resultados son prometedores. Pequeños roles en “Animal Factory” (como una espléndida travesti encarcelada), como el asesinado padre de un niño en “The Pledge”, en “Masked And Anonymous”, como el hijo de un presidente corrupto, in “Once Upon A Time In México, y ahora como un cocinero de drogas en “Spun”: todo alienta a creer que un nuevo Mickey Rourke está a mano, uno en cuyo magullado rostro persiste la memoria de la belleza, y cuyos talentos actorales todavía son potencialmente indelebles, él es siempre el papel secundario que usted no puede sacar de su mente. ¿Le permitiremos el desafío de ser una estrella otra vez? ¿Lo hará él?

 
 
Cuadro de texto: Marlon Brando, un alma sufriente y a la espera

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