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RecordingSour

Cuadro de texto: Sobrevivir en la Era 
de la Matrix
Segunda Parte: Interior
Cuadro de texto: Primera parte: Dignidad






























El punto será sobrevivir con dignidad. Ser capaces de volcar aquello que se teje en nuestra red interna en algún sitio u organización donde se convierta en moneda de cambio. Me es imposible no pensar hoy en “Neuromancer”, la novela de William Gibson que a su modo predijo la aparición de Internet, y fue un elemento fundacional del movimiento cyberpunk. 
Estamos siendo llevados a una velocidad inesperada. ¿Pero hacia donde? Dentro de poco aquello que construimos con tanta alegría tendrá conciencia. El ciberespacio tal vez llegue a tener idea de su propia dimensión. Me pregunto si de este modo surgió el universo miles de miles de años atrás.
¿Cómo desarrollaremos nuestras vidas en la próxima década? ¿Perdurarán los trabajos tal cual los entendemos hoy? ¿Se cumplirán las predicciones más patéticas? 
Hace unos días vi “Código 46”. Se trata de un filme nada sonso que no hace más que acercarse levemente al futuro. La posibilidad de que dos personas de genéticas similares pero de distintos padres se encuentren y forman una familia será una realidad en la próxima generación. 
En Estados Unidos un grupo de mujeres formaron una organización que nucléa a madres que tienen hijos de un mismo padre donante anónimo.
Quince años atrás Alvin Tofler y compañía predijeron un siglo XXI en el muchos no saldrían de sus casas para ir a trabajar. Veinte años atrás de Gibson adelantó no sólo Internet sino la Matrix. Las cosas se están dando de maneras un poco extrañas pero la rueda de la tecnología no ha dejado de girar a un ritmo furioso. No creo que estemos muy lejos del mundo que pinta “Código 46”: un planeta dividido en un adentro y un afuera. 
Me pregunto como haremos para vivir con dignidad entonces. Qué herramientas serán necesarias. Me pregunto que quedará de la pretendida humanidad. 

Cuadro de texto: Hace ya más de 20 años que William Gibson imaginó al menos dos cosas que ya ocurrieron pero aun no terminaron de suceder: el ciberespacio y los ciber movimientos. En su novela “Neuromancer”, Gibson relata una sociedad que se desarrolla entre la realidad de carne y hueso y otra que transcurre en el espacio neuronal de las personas.  Una situación, por entonces, ficticia que años después llevaría a graficar tan bien el filme “The Matrix”, así como otras películas menores al estilo de “Exizten” y “Piso 13”. Una vez más la ciencia ficción operó como un historiador del futuro. Sabemos que el ciberespacio es un estado posible y en crecimiento, y que efectivamente hubo, hay y probablemente habrá ciber punks, ciber terroristas y ciber cowboys (uno de los términos más usados en la obra de Gibson). 
Creo que existe una especie de correlato entre la sensación, nada absurda, de que jamás podremos alejarnos demasiado del planeta Tierra, es decir, entre el fin de los sueños intergalácticos, y el desarrollo de Internet como herramienta hacia mundos virtuales. Como ya sabemos que no habrá un día en que alcancemos el espacio sideral más recóndito, nos vemos impulsados a refugiarnos en las posibilidades de lo onírico. 
Tampoco es casual que las religiones comiencen a tomar posiciones de combate justo en este tiempo: el bien contra el mal aunque no quede muy claro quienes son unos u otros. 
El hombre deposita en la religión sus últimos cotos de esperanza. 
Para quienes son un poco más descreídos las herramientas de Internet (y los medios que habitan la red), tanto como los libros, la música, las películas, el buen vino y el mejor sexo, componen un maravilloso conjunto de oportunidades de reivindicación. No alcanzaremos la más cercana de las estrellas que titilan en este cielo del sur, pero al menos podremos darnos el lujo de escuchar la trompeta de Chet Baker, o de brindar con un cabernet, o de reírnos con la ironía propia de Borges. A propósito del gran Jorge Luís, hace unos días un amigo me regaló, con dedicatoria y todo, el libro “El humor de Borges”.  Luego de leerlo un rato al tiempo que tenía la pantalla del computador abierta en cinco pestañas distintas y trataba de escribir un cuestionario, sentí que sí, Borges podía resultar mucho más imprescindible que la mayoría de los elementos que me rodean. 
No creo que este asunto de la vida con mayúsculas se dirima en un sobrevivir a la muerte o en un viajar por las estrellas como cuentan los lamas tibetanos sino en la utilización hedonista y hasta incluso un poco egoísta del tiempo que nos queda. 
Viajaremos por el ciberespacio, despojados de peso corporal, si, estoy convencido, al igual que estoy convencido de que el microondas se aprenderá nuestro nombre completo y nuestra mujer nos permitirá tener una amante de plástico llamada 000123xj, o que los chicos jugarán a sacarle los cables al robot nuevo de la casa. Un todo que no cambiará lo que hay de trágico, emocionante y morboso en el interior de las personas.
La imaginación y deseo nos seguirán transportando allí donde las naves y los chips no llegan.

Cuadro de texto: Sitio oficial del filme
Cuadro de texto: Sitios relacionados
Cuadro de texto: William Gibson básico

Miradas:

Juega hermoso, pero gana

Cuadro de texto: Eric Cantona básico
Cuadro de texto: Sitios relacionados

Juega hermoso, ordena Eric Cantona en el nuevo comercial de Nike.

¿Por qué a Eric le agarró este ataque de belleza ahora a buena distancia de una cancha de fútbol y con varios kilos de más?

Juega bonito. Juega para el deleite de los otros. Le exige Cantona a la cámara.

Hace unos meses el jefe de Deportes del diario "El País" de España, Santiago Segurola, mantuvo una entrevista con Fabio Capello, entrenador de la Juventus y uno de los más exitosos de la historia.

Segurola le comentó que había escuchado de labios de Manuel Pellegrini, técnico del modesto Villarreal, la siguiente frase: "Yo tengo una obligación estética con el fútbol".

La frase hizo que Capello poco menos se agarrara de los pelos con furia. De inmediato increpó a Segurola: "¿Pero quién es ese tal Pellegrini? Mi única obligación es ganar".

Juega lindo. Juega vistoso. No te olvides de que esto es un juego. Asegura el mastín francés.

Eric Cantona intenta recordarnos una supuesta obviedad desde un escenario inadecuado. Como si un príncipe lujurioso abogara por la monogamia resguardado en la comodidad de su harén. Hasta la ficticia toma del set de televisión del aviso de Nike que abre la campaña premundialista, resulta un tanto patética viniendo de alguien que siempre fue un símbolo de la rebeldía dentro y fuera del campo del fútbol, y el portador de una inteligencia privilegiada.

Como que hay un río llamado Amazonas, el fútbol FIFA no es un juego. No, justamente, el fútbol del cual habla Cantona representa un enorme, un colosal negocio.

¿No lo sabe a Cantona? ¿No lo sabe la FIFA? Por supuesto que si, y ellos mejor que nadie. Esta es la razón por la que piden con tanta premura volver a las raíces de este asunto.

El fútbol FIFA aun no encuentra su techo de popularidad pero para que su maquinaria de facturación funcione, debe atrapar audiencias, ganar nuevas generaciones de consumidores y establecer iconografías. Y nada más iconográfico que las mágicas travesuras de Ronaldhino o la acostumbrada vertiginosidad de Lionel Messi o la maestría zen de Juan Román Riquelme.

Los talentos no abundan en el fútbol de hoy, están en extinción. Al juego en sí se lo han ganado los requerimientos de un negocio que no duda en apelar a la ciencia para superar los imponderables que esconde el destino.

Juega hermoso y gana.

De un modo un poco extraño Cantona pide lo imposible (más aun sin el genio de Maradona sobre el césped). Entre otras cosas porque la vida es un estado de compensaciones, un espacio donde se dirime la carencia. Con eso han lidiado los hombres de todas las épocas.

La vieja disyuntiva de si se puede jugar y gustar ha sido planteada una vez más en una época en que es admisible la mediocridad siempre y cuando sostenga la no-derrota.

¿Cuándo dejó de ser un juego el fútbol?

Probablemente desde el momento en que se transformó en una organización ultra moderna y el resultado comenzó a dictar el sentido de sus acciones. No querer perder es una cosa, no poder perder, otra muy distinta.

Aquí es donde tendríamos que recordar también las palabras de Peter Druker, una empresa se debe a sí misma. Tiene obligaciones para con la comunidad, es cierto, pero lo estético no forma parte de su lista de oro.

No hay responsabilidades estéticas en el mundo del fútbol sino necesidades de crecimiento de mercado.


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