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RecordingSour

Una fotografía

en el cajón

Mi bisabuela era llorona profesional. Llorona de velorios. Se llamaba Milagros; ¿no es extraña la asociación? De todos modos nunca supe que sus plegarias resucitaran a ningún muerto.

No sabía leer ni escribir y, aun sin los mínimos conocimientos que podía brindarle una educación formal, Milagros conservaba en su  una interminable cantidad de rezos dedicados a una colección de santos que hubieran llenado la catedral de San Pedro. Sospecho que de la Biblia, Cristo, la Santa Trinidad y la Virgen María sabía poco y nada, aunque el "avemaríapurísima" era un mantra bordado en sus labios gruesos. En mi pueblo, como en tantos otros hace años, los velorios duraban tres largas noches. Una morbosa costumbre que Salud Pública se encargó de erradicar.

Milagros vivió mucho, todo lo que pudo: a los 95 todavía estaba en tránsito hacia una sospechosa eternidad. Sus propios hijos ya la miraban como a una especie de auténtico "milagro" contemporáneo. Se mantuvo en el oficio de llorona hasta un año antes de fallecer.

No puedo decir que haya participado de muchos velorios, pero fui testigo de algunos a los que mis padres me obligaron a asistir a pesar de mis quejas de infante. No eran encuentros tristes sino más bien una fiesta al revés donde, en lugar de reír, había que llorar en distintos planos y niveles (a los gritos, en susurros, mediante ruidos simbólicos que ampliaban el rango del dolor) y, a falta de vino tinto y ponche, los participantes se pasaban de mano en mano unos pequeños vasos cargados de pisco sour donde ahogaban sus penas.

La verdad es que se lloraba mucho al principio de la primera noche y al final de la tercera, pero en medio había una especie de enorme espacio que los amigos y los parientes llenaban con alcohol y chistes negros que provocaban risas contenidas. Cada tanto, un tío alegre se acercaba al ataúd destapado donde el difunto pasaba sus últimos momentos sobre la tierra (en breve estaría debajo de ella) y le agarraba la mano con cariño. "¡Ah, Juanito, si estuvieras aquí!" "¡Ah! Jacinta, cuánto te vamos a extrañar!" Y así.

Leí en una revista que los chinos hacen algo parecido. En su caso, según entendí, el funeral se transforma en una auténtica celebración donde todos bailan y cantan. El muerto, bien gracias, en una habitación cercana.

En el nuestro no importaba mucho si los deudos se olvidaban del verdadero motivo por el cual estaban reunidos alrededor del féretro de madera brillante. Para mantener la memoria viva frente al mismísimo Dios, estaba Milagros. Llora que te llora, reza que te reza, llora que te reza que te llora, a no sé cuántos billetes la jornada de lamentos. Eran verdaderos maratones que sólo concluían cuando el tiempo preestablecido por los familiares llegaba a su término.

Lo curioso es que estoy seguro de que tanto mi bisabuela como mi bisabuelo José eran ateos. El resto de sus vida siempre transcurrió en un absoluto silencio con respecto a los temas religiosos. Incluso José rechazó de plano (por no decir que mandó al carajo) al párroco que había acudido a darle la extremaunción. "¡Mentiras! ¡Son todas mentiras!", se le escuchó decir entre estertores.

Milagros lo sobrevivió 15 años. El último mes de su extensa saga lo pasó con nosotros, sentada en una silla junto a la cocina, sin emitir una palabra y con los ojos llorosos. Una especie de alma en pena aferrada a la vida con muda desesperación.

Su muerte no tuvo un velorio como los que ella solía amenizar. Y esta ausencia fue una bisagra para las costumbres de una época. Todo resultó mucho más expeditivo. Caminamos con el torso inclinado por calles polvorientas detrás del coche fúnebre hasta el cementerio donde la enterraron por siempre jamás.

Hijos, nietos, bisnietos y viejos amigos mantuvieron un respetuoso silencio durante el trayecto. Acaso alguno masticó un gemido, pero yo –que acompañé sus días finales– no lloré a Milagros. Para qué, ella ya había llorado bastante.

Cuadro de texto: Sitios relacionados

El oficio de Milagros:

La Llorona

Cuadro de texto: Desde hace tiempo descansa en un cajón, medio perdida,
una fotografía de la secundaria. La imagen muestra a
mi comisión posando en una de los últimos encuentros
antes de terminar el bachillerado. Están todos menos
yo, por lo que deduzco que soy el autor de la toma. Es
una postal del fin del mundo, una parodia. Cada uno de
los chicos posa como si el viento patagónico se lo
estuviera por llevar al quinto infierno. Mentalmente
repaso ahora sus rostros, el brillo de sus ojos e
imagino sus vidas a partir de los pocos datos que
tengo. Lo cierto es que han pasado más de dos décadas
y jamás me volví a sentar con ninguno. Con excepción
de José Luis.
El primer nombre que viene a memoria es Patricio. Si
bien a todos los varones de ese curso nos gustaban las
chicas, a Pato, lo volvían loco. Algunos apostaban a
que era homosexual porque sus mejores amigos, eran
amigas. Pero, en el fondo, esos rumores reflejaban
envidia. Patricio admiraba el sexo femenino por
sobretodas las cosas. Conociendo esa devoción no
comprendí porque el mismo verano en que egresó aquel
dulce chico de 17 años se internó en un convento
franciscano de clausura, donde además hizo voto de
silencio. Me pregunto si todas esas pieles que amó
pasarán por su mente cada vez que se arrodilla frente
al Cristo redentor. Me pregunto también, porque eligió
el paroxismo de la pasión religiosa, en lugar de la
cotidiana pasión de tener una compañera. Rezo por vos.
El segundo nombre que recuerdo es Tito. Supe de él por
un amigo en común y por un mail un tanto desquiciado
que me envió meses atrás resumiéndome sus últimos 15
años de existencia. A pocos días de terminar el
secundario se fue a vivir a lo de su abuela donde por
dos años se dedicó a atender una heladería. En ese
periodo se reencontró con una de sus primas y una
noche se fugó con ella a Buenos Aires donde vivió en
comunidad en una casona de San Telmo. Empezó Derecho
pero abandonó. Luego de tres años volvió a su tierra y
comenzó a pagar una voluptuosa deuda con su salud.
Tito tenía un problema en los ligamentos y aunque
debía haber recibido terapia desde su niñez jamás lo
hizo. Pasó los siguientes tres años en una silla de
ruedas atormentado por fuertísimos dolores y continuas
intervenciones. Su prima, una santa, permaneció con él
hasta que recuperó parcialmente la motricidad con
muletas. En su carta me preguntaba por los amigos de
siempre de los cuales yo no tenía más noticias que él.
Por eso no le respondí y mantuve impoluto el silencio
de estos años.
De Juan supe que también se convirtió al sacerdocio y
trabaja como párroco. De Rossana oí que terminó siendo
pediatría. Gladys se recibió de enfermera y una vez
apareció en un canal de noticias por una compleja
operación en la que participó. Ernesto se transformó
en ingeniero civil, trabaja en Buenos Aires y según sé
extraña las vacas y los caballos del campo en que se
crió cuando chico. Cristián ahora es consejal de mi
pueblo y probablemente termine siendo alcalde. Se casó
con la hermana de su mejor amigo. Rita trabaja en la
misma librería desde hace 20 años. Y Yaqui atiende la
recepción de un hostería propiedad de un francés
fashion. El Chancho Volador murió rescatando heridos
de un accidente en una mina de carbón en la que
trabajaba. También murió Dalia en un accidente a pocos
kilómetros de su casa cuando se iba a recorrer el
mundo con un americano en una Harley. Luis trabaja en
algún lugar de Santa Cruz. Jano tuvo un  almacén que
cerró porque no entraba nadie y luego pasó varios años
alimentando la caldera de un faro en una isla perdida
del archipiélago chileno, en la que había sólo un
habitante: él.
Con respecto a José Luis, al único que he vuelto a ver
de ese grupo, me presentó  este verano a su segunda
esposa con quien tuvo su segundo hijo. Trabaja en un
Parque Nacional en el que soporta un régimen de 20 por
4. La noche que pasamos juntos le hice de barman a él
y a su hermano, Claudio. Una larga hilera de cervezas,
piscos y tequilas  fueron desapareciendo sin prisa por
su garganta. Lo vi bien, pagado de sí mismo. Entrada
la noche se tomó un taxi y desapareció.  
Acerca delautor de la foto no sé que decir. Como
Troilo no ha dejado de irse ni de volver.

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