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Una lágrima por Rick

He visto “Casablanca” una veintena de ocasiones, muchas de ellas como corresponde, “perfectamente borracho”.  La veo de a capítulos, cuya duración me impongo disciplinadamente. De hecho, en estos días estoy en la escena en que Rick le hace ganar en la ruleta a una pareja de búlgaros la cantidad suficiente de dinero para que puedan salir de ese sucio agujero, Casablanca, y probar otra vez suerte, ahora sí en serio, en los Estados Unidos.

“¿Por qué no prueba suerte con el 22?”, le indica Rick al joven búlgaro que agobiado por el destino y la mala racha deja llevar su mano hacia el lugar correcto.

El alter ego de Humphrey Bogart no deja de ser un perdedor redimido y reincidente. Desde hace mucho tiempo que milita en el equipo de los que se van con la cabeza gacha del estadio. El prefiere ciertas victorias, alejadas de la gloria y el dinero. Tal vez alguien le enseñó que ese es el precio de la dignidad y la independencia.

Su histórica condición de protector de los más débiles se la recuerda el alemán que ha llegado a Casablanca para hacerle los días insoportables a él, pero sobre todo a Víctor Laszo.

Si se trata de perdedores, prefiero a cualquiera de los que andan por allí en el “Rick´s Café” deambulando sin demasiado libreto. El barman ruso enamorado de la ex novia del jefe, algún músico de la sección de vientos de la orquesta, o el maitré que cada tanto se bebe una copa con la clientela.

La producción de Casablanca se gastó casi todo el dinero en el diseño del bar. El “Rick´s café” es, mientras la cámara rueda, un café de verdad. Me he acostumbrado a mirar más allá de los protagonistas, y el desarrollo actoral de los segundos y terceros planos es maravilloso. La noche fluye sensual y sin maquillaje. Todo transcurre como si el ojo de la cámara no estuviera ahí.

En lo que respecta a Rick nunca para de beber, de brindar por motivos personales o ajenos. “Yo no puedo tener confianza en alguien que no bebe. Instintivamente pienso que debe tener una razón oculta cara no hacerlo”, dijo una vez Bogart, según la biografía, un clásico ya, de Manolo Marinero que lleva el nombre del actor.

En la tapa negra del libro hay una fotografía del filme, Ingrid Bergman y Bogart miran atónitos la entrada de los alemanes a París desde una ventana de “Bella Aurora”. Brindarán luego, con Sam al piano, por una nueva vida en España que jamás llegará.

Hoy por la noche tal vez remate el milagro de ese amor truncado y con lágrimas en los ojos me despida de Ingrid que escapa rumbo a América junto a su fiel marido.

Lloraré sin reparos. Porque los duros como Humphrey Bogart sólo existen en las películas.

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